domingo, 13 de junio de 2010

Liverpool


La primera vez que fui a Liverpool, fue el 20 de agosto de 2005. Cuatro veranos después, regresé para enamorarme, y no fue sólo de la ciudad.

Esa primera vez, fue una visita breve. Estaba haciendo un curso de inglés en Stoke-on-Trent y nuestras monitoras nos acompañaron a la ciudad de los Beatles, precisamente para ver su museo, y pasear por las calles de una ciudad que estaba celebrando su candidatura a Capital Cultural Europea, que sería en 2008. La fecha de la visita, el 20/08, era un día de celebraciones callejeras, que además coincidía con el mes de los festivales.

Nada más llegar al museo de The Fab Four (a ritmo de Love Me Do), una cosa me enamoró de Liverpool: Albert Dock.


El muelle representa la grandeza que la ciudad debió tener en su día, cuando su puerto (desde donde partió el Titanic) era uno de los más importantes del mundo. En algunos momentos del siglo XIX, el 40% del comercio marítimo mundial pasó por aquí.
Hoy las tiendas, el museo Beatle y el TATE Modern son las actividades más importantes del muelle Albert, aunque el puerto de Liverpool sigue siendo el segundo de Inglaterra.

La ciudad se ha modernizado, claro, o al menos un parte de ella. Cuando regresé en 2009, pude ver edificios donde cuatro años antes se erigían gigantescas grúas y carteles de la capitalidad europea. La zona cercana al muelle, con el nuevo Liverpool One, un mastodóntico centro comercial, da una imagen cosmopolita de la ciudad, y un dinamismo increíble.
Entre los edificios comerciales del centro aparece de repente la torre de radio, desde la que se obtienen una increíbles panorámicas de todo Merseyside. 

Subiendo por Mount Pleasant, se encuentra la Universidad John Moores (nos alojamos en una de sus residencias), y junto a ella, sus dos catedrales. Ambas son relativamente modernas, construidas a mediados del siglo XX, pero con estilos bien distintos: La anglicana, que presume de ser una de las más altas del mundo por su estructura espectacular, es de un estilo neogótico y piedra roja (nunca me ha llamado mucho lo neo-); la católica, construida con hormigón y acero, me impresionó. De planta circular y aspecto futurista, su interior es sencillamente increíble, todo un espectáculo.


También hay otra iglesia curiosa, la de St. Luke, que merece la pena ver. Esta iglesia, del siglo XIX, sufrió la explosión de una bomba durante la segunda guerra mundial. Sus muros, de piedra, no sufrieron daño alguno, pero desde entonces la iglesia no tiene tejado.

Pero  lo que más me gusta de Liverpool, es pasear por sus calles. Del centro, que se ha peatonalizado casi por completo, emanan los efluvios de un pasado glorioso, de unos años 60 que se resisten a abandonar una ciudad que se erigió, por méritos propios, como baluarte del movimiento obrero, y que vio nacer a John Lennon (del que el aeropuerto heredó su nombre), Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr.
Precisamente su centro es famoso en toda Europa como una de las mejores zonas de marcha del continente. Pintas de cerveza y poca ropa son las componentes de este espectáculo tribal, que tiene lugar todos los días de la semana. Podéis ver un resumen en el blog de Paco Nadal.

La primera vez que fui a Liverpool, en ese verano de 2005, prometí que volvería. Lo hice en 2009 para pasar allí diez días maravillosos y enamorarme de la que ahora es mi compañera en todos mis viajes. Y finalizados esos diez días, mientras volvía a la residencia, me volví a hacer la promesa de volver. El mes que viene lo haré. Serán unos pocos días, pero volveré a disfrutar de una de mis ciudades favoritas. Y si algún día tengo la oportunidad de decidir dónde viviré, Liverpool sería un buen destino para empezar a escribir el futuro.

Y por si tenía alguna duda sobre si volveré o no, la misma Liverpool se encargó de aclarármelo: